El cuidado de sí mismo y la personalidad sana.
Modelos de vida humana.
La sabiduría clásica, griega y latina,
forjó una máxima y un tema que
subyace a posiciones y doctrinas -»morales», si se quiere- tan distintas entre sí como
eudemonismo, hedonismo y estoicismo. Es
la ética y la sabiduría del «¡cuida de tí mismo»!;
es, en latín, la «cura sui», el
autocuidado. Sabio es aquél que sabe cuidar
de sí mismo. Sabiduría es entonces la
figura combinada -yen sazón- resultante
del cumplimiento de dos exhortaciones
también clásicas: el «¡conócete a tí mismo!»
de la inscripción en el frontispicio
de la entrada al oráculo de Delfos; y el «¡sé
el que eres!» de Píndaro, luego tan caro a
Goethe.
Es una tradición que bajo la lente
de «tecnologías del yo» ha expuesto recientemente
el filósofo Foucault (9). ¿Puede
esa tradición recibir carta de naturaleza
empírica en una ciencia del comportamiento?
No es meterse en camisa de once varas.
Hay varias líneas de análisis y de conocimiento
que permiten afirmarlo en enfoque
no ya sólo de clínica, sino de ciencia
básica de la acción y de la personalidad,
con el respaldo de sólida investigación
ya existente acerca del bienestar personal
y en el marco de una teoría -y entronque
en una práctica- focalizada en la
autoeficacia y la autorregulación.
Existen resonancias del tema clásico
del autocuidado, ante todo, en una psicología
de orientación humanista o
personalista, que ha perfilado los rasgos
de la «personalidad saludable» (10) ,y todavía
más, con ambición mayor, los de un
nivel superior de excelencia y plenitud en
la existencia -«modelos ideales de vida humana»
los llama DiCaprio (11)-, que es la
madurez, la autorrealización o el pleno
devenir actualizado de la potencialidad de
la persona.
Los temas predilectos de los humanistas -
personalidad madura, cabal, realizada- suscitan
extrema reserva, por no decir repudio,
a quienes se atienen a enfoques
metodológicos experimentalistas o bien a
posiciones teóricas como las del
conductismo radical. Ahora bien, ni
conductismo ni tampoco la experimentación
poseen el monopolio de una ciencia
objetiva del comportamiento o de la personalidad,
ni tampoco de la salud y madurez
mental y, respectivamente, del trastorno.
De hecho es posible una aproximación
científica a la madurez humana más plena,
la que se manifiesta en la sabiduría, tal
como hace un sugestivo volumen coordinado
por Sternberg (16). Es éste un tema,
por cierto, filosófico y moral en la tradición,
al que sin embargo cabe asociarle hoy
conocimientos empíricos, de ciencia: sobre
el desarrollo humano a lo largo del ciclo
vital, sobre la madurez personal y sobre
los procesos cognitivos y el manejo de
saberes en que la sabiduría consiste.
Autocuidado en el sistema de «sí mismo»
Al hablar de la acción y de la capacidad
de autocuidado se entiende aquí
autocuidarse en orden a una experiencia
satisfactoria de la vida. Se sobreentiende
además: estilo o repertorio de conducta habitual,
capacidad o disposición en orden a
gestionar bien esa experiencia, y no siempre
conducta concreta aisladamente ejecutada.
La persona más capaz puede cometer
errores y el más inteligente incurrir en actos
estúpidos. Por «mentalmente sano» que
alguien sea, puede errar más de una vez en
su autocuidado o incluso renunciar a él,
hasta con riesgo de la vida, en acto heroico
por el bien de otros. Del mismo modo, sin
embargo, que no se llamará inteligente a
quien sólo realiza conductas estúpidas, de
quien jamás lleva a cabo acciones de
autoprocura que redunden en su propio
bienestar difícilmente será posible mantener
que goza de buena salud mental El trastorno mental en sentido propio
(y no ya el tener problemas, conflictos,
crisis o sufrimientos morales: ¿quién
no los tiene?) ha de verse en consecuencia
como un curso de acción o una práctica de
autocuidado deficiente. Y si se solicitan términos más apegados a un análisis funcional
de la conducta, cabe decir también:
es una sucesión de conductas operantes,
una pauta persistente de comportamiento,
un conjunto de «repertorios básicos de
conducta» o de «estilos interactivos personales»
Pertinencia al bienestar y capacidad de
gozo
Puede tomarse el bienestar (o a la
felicidad) como el mejor referente e hilo
conductor para cualquier propuesta relativa
a la dimensión de trastorno / salud mental
e igualmente, en otro plano más de raíz,
a la de trastorno de personalidad / personalidad
sana. Ningún otro tópico relativo
a esa dimensión ha sido tan estudiado como
el bienestar, la satisfacción personal, la
felicidad (22-26). La única línea comparable
al respecto es la de la adaptación, tal
como se da, en concreto, en las conductas
de afrontamiento y en sus consecuencias.
Pero aun esa línea viene a reducirse a la
otra, justo al resaltar que el bienestar -junto
con la adaptación y la salud física- resulta
de un afrontamiento logrado, mientras
que malestar, inadaptación yenfermedad
son los tres resultados típicos sea del
estrés sea de un malogrado afrontamiento
(27-28).
No es asimilar salud a bienestar (o
felicidad) y trastorno a malestar (o desdicha).
Es postular como hipótesis conceptual
orientadora que se relacionan, aunque
no son idénticos. La suya es una relación
no de identidad, sino de pertinencia en un
nexo cuya naturaleza es preciso esclarecer.
Parece ser la hipótesis sobre la que en
sus últimas versiones la introducción del
Manual DSM realiza su propia formulación
del trastorno, una formulación por
cierto biopsicológica y no reductora a lo
social o a pautas colectivas de valor: «se
trata de una disfunción biológica, psicoló-
gica o conductual»; y «esta alteración no
sólo está referida a la relación entre el individuo
y la sociedad» (6). Se añade una
precisión esencial: «asociada a un malestar,
a una discapacidad o a un riesgo
significativamente aumentado de morir o
de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de
libertad». En esas breves frases es patente
la redundancia en dos unidades semánticas:
en primer lugar, malestar o sufrimiento, y
junto con ello, discapacidad. Si se colocan
juntos esos dos elementos, la figura compuesta
que aparece es la del trastorno mental
como cierta incapacidad de bienestar o
fracaso de hecho en conseguirlo.
Por otra parte, la capacidad o disposición
de que se habla en orden a ser
feliz no es la de un goce sólo pasivo; no es
la del niño de pecho, a cuya imagen, por
otro lado, la sociedad de consumo tiende a
reducir al ciudadano consumidor. También
esto se halla en juego, por cierto: el gozo
recibido. Ser incapaz incluso de gozos y
alegrías por otros procuradas es precisamente
y sin duda el colmo del trastorno de
personalidad, el de quien no sabe disfrutar
ni de lo que le viene gratuitamente dado.
Pero más allá de esto se está hablando de
una capacidad de -y un curso de acción en orden a- un gozo activo, autoprocurado, y
esto no necesariamente por la busca directa
de la felicidad, búsqueda sobre la que
Russell (31) advierte que quizá no lleva a
ninguna parte, sino como algo que le sobreviene
a la acción operante, al vivir activo,
aún sin necesidad de proponérselo y
como por añadidura.
Salud mental y personalidad sana
Por salud psicológica, mental o
comportamental, ha de entenderse, pues,
la gestión habitual de una experiencia grata
de la vida por y para el propio sujeto
agente. Esta experiencia, a su vez, incluye
las sensaciones más a flor de piel, las
procuradas por los sentidos externos, y
también aquellas otras más profundas, asociadas
al sensorio interno y que se organizan
en emociones y sentimientos. La salud
mental, sin embargo, no es la experiencia
vital grata en sí misma -o la dicha, o la
felicidad-, sino la acción, la conducta operante,
la práctica de gestionársela para uno
mismo. No es en sí la experiencia satisfactoria
de la vida, porque son muchas las
circunstancias externas que pueden generar
desdicha o sufrimiento. Exceptuando
fakires y estoicos acaso, los humanos no
son invulnerables o inmunes a ellas. Por
otro lado, la tradición aristotélica,
eudemonista y aún más la estoica,
senequista, asocia la felicidad a la sabiduría
y a la virtud, al obrar acertado: el hombre
virtuoso es el hombre feliz, aunque no
está del todo claro si se llama felicidad a
la acción virtuosa por ella misma o se piensa
que de la virtud se sigue siempre y con
toda naturalidad la vida feliz. El caso es,
sin embargo -y Kant ha puesto el dedo en
esa llaga de la condición humana-, que la
dicha no le ha sido prometida a la virtud.
Sabiduría y virtud -o salud mental si se
atiene el análisis a términos comportamentales-
no es lo mismo que felicidad
o dicha; pero sí que es capacidad de «cura
sui», de cuidado de sí mismo, de
autoprocura de felicidad en la medida -a
veces mínima- en que eso se halla en pro-pias manos. Es, a la postre, «saber vivir»
o, si se prefiere «amar la vida», pero amarla
eficazmente, es decir, ponerla y guardarla
a salvo.
Conviene reservar el término de
trastorno psicopatológico para el caso y el
momento en que la persona no llega a velar
por ella misma, a afrontar con mínima
eficacia las circunstancias adversas, al
menos aquellas dificultades del vivir que
forman parte del programa biológico y
social de la existencia humana. Otra cosa
es la tragedia. La gravedad trágica de la
adversidad puede llegar a trastornar, pero
también sencillamente a hacer del todo
imposible cualquier forma de afrontamiento
logrado o eficaz. Bajo circunstancias
negativas extremas es difícil mantener no
ya el tipo, sino el sano juicio. Buena salud
psicológica han mostrado quienes han salido
enteros de la tortura, del secuestro, del
campo de concentración o del de refugiados,
máquinas y espacios psicopatógenos
como ningún otro. Las categorías de salud
/ trastorno mental, sin embargo, tienen su
foco central de pertinencia no en los extremos
paroxísticos, sino en las zonas templadas
medias de la condición humana: en
el modo de habérselas con las adversidades
y dificultades ordinarias de la vida, en
la forma de cuidar de sí en medio de ellas
y de procurarse incluso entonces una experiencia
vital positiva, de calidad.
Psicoterapia y autorregulación
Autocuidado no es autocontrol en
el sentido vulgar, más bien peyorativo, de
bloqueo o inhibición, ni es obsesión o preocupación
por uno mismo, ni tampoco pertinaz
introspección que retorna a la interioridad
como a núcleo o fuente de vida
auténtica o como a presunto paraíso perdido
y recuperable en orden a una liberación
por el «espíritu». El exceso de
autoanálisis, de autoatención, suele ser insano
casi siempre. La capacidad de
autocuidarse, aquí equiparada a la personalidad
saludable, comporta en cambio,
esto sí, ejercicio de un comportamiento de
control por uno mismo o -por mejor deciruna
actividad de autorregulación.
Los primeros análisis del sistema
comportamental de autorreferencia y
autorregulación datan de los años 70. En
esos años surgen propuestas prácticas de
introducción de técnicas de autocontrol en
el tratamiento y modificación de conducta
(33-34). La consagración analítico-teórica
de las propuestas clínicas desde entonces
en auge se debe, sobre todo, a Bandura
(35-36) con un doble postulado: el de un
determinismo recíproco entre situación,
conducta y persona, a cuyo sistema de «sí
mismo» reconoce así una función; y el del
principio de autoeficacia como mecanis mo mediador del resultado positivo que
diferentes técnicas conductuales y de psicoterapia
llegan a procurar. Desde entonces,
la investigación y análisis de la
autorregulación ha puesto de relieve el
carácter deseable y benéfico de situaciones
y acciones en las que el sujeto «controla»
o al menos «maneja» algunas de sus
contingencias y, por tanto, es «dueño» en
algo de la propia vida. Es un control que
implica tomar decisiones sobre uno mismo,
autodeterminarse, 10 que a su vez constituye
una de las manifestaciones de la libertad,
empírica y no metafísicamente entendida.
En ese marco de investigación y
teoría básica adquieren pleno sentido las
prácticas de autocuidado, los comportamientos
de autogestión de la propia experiencia
a largo plazo. Estos constituyen un
factor esencial en todo el ancho ámbito de
10 que han sido o son la medicina
psicosomática, la medicina comporta-mental
y también, más reciente, la psicología
de la salud. Esos comportamientos desempeñan
funciones sustanciales en la conservación
y recuperación de la salud tanto fí-
sica como psíquica o comportamental, en
la perseverancia dentro de unos hábitos
saludables de vida, en la adherencia al tratamiento,
de cualquier naturaleza que éste
sea, y en el haz de medidas terapéuticas o
de modificación de conducta que comportan
muchas estrategias de intervención
(37).
La sabiduría de vivir
Hay quien hace frente a los últimos
años de la vida con un sereno «confieso
que he vivido», con un reconocimiento y
declaración de vida jubilosa, a 10 Pablo
Neruda. Otros en cambio admiten, con la
tristeza de 10 ya irreparable, no haber sabido
vivir. Hacia el final de su vida confesó
y lamentó Borges haber cometido el
«pecado de no haber sido feliz». Al hacer
melancólico balance en clave de «pecado»,
estaba dando a entender que pudo haber
sido de otro modo; que en su mano estuvo
haber obrado de forma diferente.
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