martes, 5 de abril de 2016

EXPOSICIONES

Dimensiones del ser humano Físicas


En el área física se pueden examinar algunas conductas de riesgo como son: prácticas asociadas con servicios de salud, régimen de medicación, higiene, condición física, abuso de tabaco y alcohol; así como las destrezas de adaptación y conductas de salud positiva como patrones de respuestas a estímulos positivos, los cuales se pueden obtener con el conocimiento sobre promoción de salud, redes de apoyo, actividades vocacionales, recursos mentales y espirituales.
El desarrollo físico individual pasa por una serie de etapas como son: los cambios sensoriales, el paso de niño (a) a adolescente, de adolescente a adulto, de adulto joven a adulto mayor, esta serie de retos requieren que se realicen algunos ajustes y que se definan nuevos papeles sociales y condiciones biológicas por ejemplo: el retiro, los cambios en la actividad psicomotora y las pérdidas que acompañan las distintas etapas del ciclo de vida; todas estas variables se investigan dentro del ámbito de salud para realizar cambios en situaciones no deseadas para mejorar el área física del ser humano.
La promoción de estilos de vida saludables implica conocer aquellos comportamientos que mejorar o deterioran la salud de los individuos. Las conductas saludables son aquellas acciones realizadas por el ser humano con las cuales se obtienen consecuencias físicas y fisiológicas inmediatas y a largo plazo que repercuten en el bienestar físico y en la longevidad (Oblitas, 2004).


DIMENSION DEL SER HUMANO SOCIAL.

La Dimensión Social se refiere a  la habilidad de relacionarte con otras personas. Se obtiene mediante una comunicación que implique una escucha activa, así como la puesta en práctica de actitudes asertivas y empáticas con los demás.

Todos sentimos la necesidad de relacionarnos y convivir con los demás.
El hombre, es por naturaleza, un ser social, solo en casos excepcionales se aísla y vive en la soledad.

Pero, no solo convivimos con otras personas, porque nuestra propia naturaleza social, así no los pide, sino porque también necesitamos de la compañía y de los servicios que otros nos otorgan.


DIMENSION DEL SER HUMANO EMOCIONAL.


La dimensión afectiva se refiere, como su nombre lo indica, a todas las emociones y sentimientos que experimentamos.

La salud emocional es de vital importancia para lograr la armonía y el equilibrio que se requiere para obtener una adecuada calidad de vida.

Existe una relación directa entre ética, valores y salud afectiva. El objetivo de toda búsqueda humana es la felicidad. La felicidad individual es tan importante que incide en la armonía social y de ésta depende en gran parte la paz social.
La felicidad implica sentir emociones positivas y poseer salud afectiva.

La felicidad es una sensación profunda de plenitud que no depende de factores externos, la felicidad es un estado mental que se cultiva y se aprende mediante emociones y actitudes  positivas.

Existen varios tipos de emociones positivas: alegría, regocijo, gozo, excitación, admiración, amor, armonía, calma y sosiego.

La emoción positiva por excelencia es el amor, la dimensión afectiva puede cultivarse a través de actitudes y conductas positivas, es decir, a través de valores.

Paul Ekman, del departamento de psicología de la Universidad de Pennsylvania, efectúo un estudio con personas con salud afectiva y detectó las cuatro cualidades que emanan de las actitudes positivas:
  • Emanan bondad que los demás pueden advertir.
  • Generosas y empáticas.
  • Los demás se sienten a gusto con ellos.
  • Poseen un sentido de vida.







DIMENSION DEL SER HUMANO INTRELECTUAL

“La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien” (GS 15, b), a la vez que “se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión” (PDV 51).

La dimensión intelectual encuentra su razón de ser “en la naturaleza misma del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización” (PDV 51, b). La finalidad pastoral del proceso de formación se manifiesta de manera especial en esta dimensión, la cual brinda elementos intelectuales indispensables para que el presbítero pueda cumplir con su misión principal de “anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el pueblo de Dios” (PO 4).
“El sacerdote, como pastor, debe brindar con fidelidad la palabra divina que ha recibido y asimilado previamente [...] se trata de la Palabra revelada por Dios, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia, asimilada en la contemplación, vivida por los santos, profundizada por los sacerdotes. El futuro sacerdote necesita, pues, una sólida formación doctrinal en las diferentes ramas del saber teológico y filosófico” (MV 4, e).
A esta exigencia se debe agregar, en la época actual, los requerimientos de una sociedad que se conduce cada vez con más frecuencia por senderos alejados de la fe, cimentada en “el racionalismo que, en nombre de una concepción reductiva de ‘ciencia’, hace insensible la razón humana al encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina” (PDV 7, b). Asimismo, se debe tomar en cuenta el fenómeno del pluralismo, extendido cada vez más, tanto en el campo de lo social como en la comunidad eclesial, el cual exige al sacerdote “una aptitud especial para el discernimiento crítico: es un motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación intelectual más sólida que nunca” (PDV 51, b).
En este sentido, la formación intelectual de los futuros pastores debe tender a “una amplia y sólida doctrina en las ciencias sagradas” (RFIS 59) al tiempo que pretende lograr, en el estudiante, un profundo conocimiento humano, social y cultural, según las exigencias de nuestro tiempo. Lo cual pone de relieve “la importancia del estudio, orientado no sólo a la adquisición de conocimientos, sino como parte complementaria de la propia vocación que hace madurar a la persona en la búsqueda de la verdad, la consolida en su posesión y la llena de gozo al contemplarla” (HM 6).
Esto pone de relieve el carácter integral de la formación, en la cual la preparación doctrinal se encuentra también estrechamente vinculada con los aspectos humanos, espirituales y vocacionales de la formación, ya que conlleva intrínsecamente elementos que conducen al seminarista a una mayor adhesión a la palabra de Dios, lo que a su vez implica un mayor crecimiento espiritual que se verá reflejado en sus actitudes y en las relaciones con los demás.


DIMENSION DEL SER HUMANO SEXUAL.


DIMENSION DEL SER HUMANO ESPIRITUAL.


MONOGRAFIAS

Amigot, Patricia y Pujal, Margot. Ariadna danza: lecturas feministas de Michel Foucault. Athenea Digital, 9, (2006). 100-130. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num9/amigot.pdf. Battiston, Dora, Discurso y verdad en la antigua Grecia. Circe Clás. Mod. [en línea]. ene./dic. 2004, no.9 [citado 15 Marzo 2009], p.197-200. Disponible en la World Wide CONHISREMI, Revista Universitaria Arbitrada de Investigación y Diálogo Académico, Vol. 6, No. 2, 2010 42 Sossa Rojas, A., Michael Focault y el cuidado de sí. Web:. ISSN 1851-1724



* Alfredo Fierro Bardají Catedrático de Universidad. Facultad de Psicología. Campus Universitario de Teatinos 29071 - MÁLAGA Teléfono 95 221 3746 E-mail: fierro@uma.es Fecha de recepción: 26-1-2000



LECTURAS: Michel Foucault y el cuidado de sí y de los otros

Michel Foucault y el cuidado de sí

Palabras claves: Foucault, tecnologías del yo, subjetividad, ética, cuerpo.

El arte de la existencia Foucault aclaraba (1992a; 2006; 2008a) que el nacimiento del bio-poder trajo consigo un poder, que genera que las personas pierdan libertad, pues son normalizadas, disciplinadas y docilitadas, determinando su forma de ver, pensar y actuar. Por ello, azuza a oponer resistencia ante el Estado y las instituciones, madurando una ética propia con la cual generar una subjetividad personal. Este tipo de reflexiones se condice principalmente con los últimos años de Foucault, en lo que se ha denominado etapa ética; en ésta el autor  francés anunciaba que había que tomar la vida como obra de arte, en un orden espiritual, como un proceso creativo de transformación individual. Dicho en otros términos, en la etapa ética de Foucault “Se trata de hacer de la propia vida una obra de arte, de liberarse del pegajoso contagio que secretan unas estructuras sociales en las que rige la ley del sálvese quien pueda” (Álvarez y Varela en Foucault, 1991: 26). El sujeto ético es aquel que pretende hacerse a sí mismo. Aquél que busca forjarse un sentido auténtico y cautivador a su existencia. De esta suerte, esta concepción ética, de obvias resonancias socráticas, pasa por un replanteamiento de las verdades que poseemos y del gobierno de sí mismo que ejercemos. La relación con la verdad debe formar parte de una preocupación personal (Battiston, 2004; Amigot, 2006; Dávila, 2007). El afán de conocerse a sí mismo debe, necesariamente, pasar por ocuparse de sí mismo. Debe dominarse el yo a fin de conseguir concretar una filosofía de vida que haga de la persona un ser más pleno. Sobre este orden de ideas, las técnicas que nos permiten reflexionar nuestro modo de vida, la dirección de nuestra existencia y transformarnos a nosotros mismos de acuerdo con una decisión personal, son las denominadas tecnologías del yo. Estas prácticas representan todo un proceso de subjetivación, con ellas nace una pregunta relevante: cómo podemos cambiar lo que hemos llegado a ser.


Para Foucault, esta etapa ética como práctica reflexiva es de suma importancia en tanto nos ayuda a forjar nuestra subjetividad, nuestras verdades e incluso posibilita un ejercicio de libertad. Ocuparse de sí mismo, pasa necesariamente por conocerse a sí mismo, es pensarse, asistirse y regirse. El arte de la existencia busca romper con las coacciones que nos afectan, es un esfuerzo por apropiarnos y conducir nuestra propia vida. “El cuidado de sí es sin duda el conocimiento de sí -es el lado socrático-platónico-, pero es también el conocimiento de un cierto número de reglas de conducta o de principios que son a la vez verdades y prescripciones. Ocuparse de sí es equiparse de estas verdades: es ahí donde la ética está ligada al juego de la verdad”. (Foucault citado por Britos, 2005). Ahora bien, si hacemos un repaso de lo que nos singulariza Foucault respecto de estas prácticas personales y sociales del cuidado de sí, distinguiremos que, por ejemplo, la medicina griega clásica establecía una íntima conexión entre la belleza y la bondad. Su objetivo era hacer que los hombres fueran bellos y buenos, y no era posible conseguir un fin sin el otro, debido al convencimiento de que el cuerpo era el espejo del alma (Montenegro, 2006). El cuidado de sí pasaba entonces por comprender que el cuerpo y el alma eran un todo, a través del cuidado personal de la estética se lograba una mente más despejada. Asimismo, quienes cultivaban su saber, necesariamente debían preocuparse por su cuerpo y su salud, pues en un cuerpo sedentario no podía abrigarse pensamientos vehementes. Por último, el cuidado de sí estaba entendido también como una forma de respeto y cuidado por los demás (Battiston, 2004; Papalini, 2007)


Tanto Sócrates como Platón2 recomendaban ejercitar el cuerpo mediante la gimnasia3 , pero no sólo por sus beneficios corporales, sino que también porque trae ganancias en el pensamiento, ya que, como hemos ido planteando, un cuerpo con mala salud trae como consecuencia el desvarío, el desaliento, la tristeza, al punto de que los conocimientos adquiridos acaban por ser lanzados del alma. Además, el rigor de un régimen físico nos exterioriza una indispensable firmeza moral (Foucault, 1998b). De este modo, al mirar Foucault épocas anteriores, produjo un vuelco, en oposición de las tecnologías de saber-poder que domestican y vuelven productivos los cuerpos y que además instan a catalogar la preocupación por uno mismo en procesos de conocimiento. Las tecnologías del yo delimitan esta idea de conocerse a sí mismo, a una serie de prácticas y ejercicios, tanto corporales como de conductas y meditación, con el objeto de construir una mejor existencia y felicidad (Britos, 2005).

No obstante, se debe aclarar que este cuidado de sí, en la época que lo estudió el autor francés, estaba ligado a un grupo determinado de la sociedad, a aquellos que por condiciones socio-económicas privilegiadas, gozaban del tiempo y las condiciones para preocuparse por cultivar su ser. “En el lento desarrollo del arte de vivir bajo el signo de la inquietud de sí, los dos primeros siglos de la época imperial pueden considerarse como la cúspide de una curva: una especie de edad de oro en el cultivo de sí, quedando entendido, por supuesto, que este fenómeno incumbe sólo a los grupos sociales, muy limitados en número, que eran portadores de cultura y para quienes una techné tou biou podía tener un sentido y una realidad” (Foucault, 1992b: 44). Ahora bien, aquellas personas que ejercían el cuidado de sí, se debían fijar en todos los aspectos de su vida y en su entorno. A continuación, presentamos algunas de las prácticas que conllevaban el cuidado de sí. Prácticas ligadas al conocimiento de sí mismo: para estas uno debía poner atención en la orina, en los sueños; se aconsejaba poner atención, registrar y meditar respecto de lo que en las noches uno fantaseaba. “Hay que recordar en efecto que la interpretación de los sueños no se considera como asunto de pura y simple curiosidad personal; es un trabajo útil para gobernar la propia existencia y prepararse a los acontecimientos que van a producirse” (Foucault, 1992b: 29).


LECTURAS: FIERRO BARDAJI, Alfredo. El cuidado de sí mismo y la personalidad sana.

El cuidado de sí mismo y la personalidad sana.

Modelos de vida humana.

 La sabiduría clásica, griega y latina, forjó una máxima y un tema que subyace a posiciones y doctrinas -»morales», si se quiere- tan distintas entre sí como eudemonismo, hedonismo y estoicismo. Es la ética y la sabiduría del «¡cuida de tí mismo»!; es, en latín, la «cura sui», el autocuidado. Sabio es aquél que sabe cuidar de sí mismo. Sabiduría es entonces la figura combinada -yen sazón- resultante del cumplimiento de dos exhortaciones también clásicas: el «¡conócete a tí mismo!» de la inscripción en el frontispicio de la entrada al oráculo de Delfos; y el «¡sé el que eres!» de Píndaro, luego tan caro a Goethe. Es una tradición que bajo la lente de «tecnologías del yo» ha expuesto recientemente el filósofo Foucault (9). ¿Puede esa tradición recibir carta de naturaleza empírica en una ciencia del comportamiento? No es meterse en camisa de once varas. Hay varias líneas de análisis y de conocimiento que permiten afirmarlo en enfoque no ya sólo de clínica, sino de ciencia básica de la acción y de la personalidad, con el respaldo de sólida investigación ya existente acerca del bienestar personal y en el marco de una teoría -y entronque en una práctica- focalizada en la autoeficacia y la autorregulación. Existen resonancias del tema clásico del autocuidado, ante todo, en una psicología de orientación humanista o personalista, que ha perfilado los rasgos de la «personalidad saludable» (10) ,y todavía más, con ambición mayor, los de un nivel superior de excelencia y plenitud en la existencia -«modelos ideales de vida humana» los llama DiCaprio (11)-, que es la madurez, la autorrealización o el pleno devenir actualizado de la potencialidad de la persona.
Los temas predilectos de los humanistas - personalidad madura, cabal, realizada- suscitan extrema reserva, por no decir repudio, a quienes se atienen a enfoques metodológicos experimentalistas o bien a posiciones teóricas como las del conductismo radical. Ahora bien, ni conductismo ni tampoco la experimentación poseen el monopolio de una ciencia objetiva del comportamiento o de la personalidad, ni tampoco de la salud y madurez mental y, respectivamente, del trastorno. De hecho es posible una aproximación científica a la madurez humana más plena, la que se manifiesta en la sabiduría, tal como hace un sugestivo volumen coordinado por Sternberg (16). Es éste un tema, por cierto, filosófico y moral en la tradición, al que sin embargo cabe asociarle hoy conocimientos empíricos, de ciencia: sobre el desarrollo humano a lo largo del ciclo vital, sobre la madurez personal y sobre los procesos cognitivos y el manejo de saberes en que la sabiduría consiste.



Autocuidado en el sistema de «sí mismo»

 Al hablar de la acción y de la capacidad de autocuidado se entiende aquí autocuidarse en orden a una experiencia satisfactoria de la vida. Se sobreentiende además: estilo o repertorio de conducta habitual, capacidad o disposición en orden a gestionar bien esa experiencia, y no siempre conducta concreta aisladamente ejecutada. La persona más capaz puede cometer errores y el más inteligente incurrir en actos estúpidos. Por «mentalmente sano» que alguien sea, puede errar más de una vez en su autocuidado o incluso renunciar a él, hasta con riesgo de la vida, en acto heroico por el bien de otros. Del mismo modo, sin embargo, que no se llamará inteligente a quien sólo realiza conductas estúpidas, de quien jamás lleva a cabo acciones de autoprocura que redunden en su propio bienestar difícilmente será posible mantener que goza de buena salud mental El trastorno mental en sentido propio (y no ya el tener problemas, conflictos, crisis o sufrimientos morales: ¿quién no los tiene?) ha de verse en consecuencia como un curso de acción o una práctica de autocuidado deficiente. Y si se solicitan términos más apegados a un análisis funcional de la conducta, cabe decir también: es una sucesión de conductas operantes, una pauta persistente de comportamiento, un conjunto de «repertorios básicos de conducta» o de «estilos interactivos personales»


Pertinencia al bienestar y capacidad de gozo 

Puede tomarse el bienestar (o a la felicidad) como el mejor referente e hilo conductor para cualquier propuesta relativa a la dimensión de trastorno / salud mental e igualmente, en otro plano más de raíz, a la de trastorno de personalidad / personalidad sana. Ningún otro tópico relativo a esa dimensión ha sido tan estudiado como el bienestar, la satisfacción personal, la felicidad (22-26). La única línea comparable al respecto es la de la adaptación, tal como se da, en concreto, en las conductas de afrontamiento y en sus consecuencias. Pero aun esa línea viene a reducirse a la otra, justo al resaltar que el bienestar -junto con la adaptación y la salud física- resulta de un afrontamiento logrado, mientras que malestar, inadaptación yenfermedad son los tres resultados típicos sea del 
estrés sea de un malogrado afrontamiento (27-28). No es asimilar salud a bienestar (o felicidad) y trastorno a malestar (o desdicha). Es postular como hipótesis conceptual orientadora que se relacionan, aunque no son idénticos. La suya es una relación no de identidad, sino de pertinencia en un nexo cuya naturaleza es preciso esclarecer. Parece ser la hipótesis sobre la que en sus últimas versiones la introducción del Manual DSM realiza su propia formulación del trastorno, una formulación por cierto biopsicológica y no reductora a lo social o a pautas colectivas de valor: «se trata de una disfunción biológica, psicoló- gica o conductual»; y «esta alteración no sólo está referida a la relación entre el individuo y la sociedad» (6). Se añade una precisión esencial: «asociada a un malestar, a una discapacidad o a un riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad». En esas breves frases es patente la redundancia en dos unidades semánticas: en primer lugar, malestar o sufrimiento, y junto con ello, discapacidad. Si se colocan juntos esos dos elementos, la figura compuesta que aparece es la del trastorno mental como cierta incapacidad de bienestar o fracaso de hecho en conseguirlo.
Por otra parte, la capacidad o disposición de que se habla en orden a ser feliz no es la de un goce sólo pasivo; no es la del niño de pecho, a cuya imagen, por otro lado, la sociedad de consumo tiende a reducir al ciudadano consumidor. También esto se halla en juego, por cierto: el gozo recibido. Ser incapaz incluso de gozos y alegrías por otros procuradas es precisamente y sin duda el colmo del trastorno de personalidad, el de quien no sabe disfrutar ni de lo que le viene gratuitamente dado. Pero más allá de esto se está hablando de una capacidad de -y un curso de acción en orden a- un gozo activo, autoprocurado, y esto no necesariamente por la busca directa de la felicidad, búsqueda sobre la que Russell (31) advierte que quizá no lleva a ninguna parte, sino como algo que le sobreviene a la acción operante, al vivir activo, aún sin necesidad de proponérselo y como por añadidura.





Salud mental y personalidad sana 

Por salud psicológica, mental o comportamental, ha de entenderse, pues, la gestión habitual de una experiencia grata de la vida por y para el propio sujeto agente. Esta experiencia, a su vez, incluye las sensaciones más a flor de piel, las procuradas por los sentidos externos, y también aquellas otras más profundas, asociadas al sensorio interno y que se organizan en emociones y sentimientos. La salud mental, sin embargo, no es la experiencia vital grata en sí misma -o la dicha, o la felicidad-, sino la acción, la conducta operante, la práctica de gestionársela para uno mismo. No es en sí la experiencia satisfactoria de la vida, porque son muchas las circunstancias externas que pueden generar desdicha o sufrimiento. Exceptuando fakires y estoicos acaso, los humanos no son invulnerables o inmunes a ellas. Por otro lado, la tradición aristotélica, eudemonista y aún más la estoica, senequista, asocia la felicidad a la sabiduría y a la virtud, al obrar acertado: el hombre virtuoso es el hombre feliz, aunque no está del todo claro si se llama felicidad a la acción virtuosa por ella misma o se piensa que de la virtud se sigue siempre y con toda naturalidad la vida feliz. El caso es, sin embargo -y Kant ha puesto el dedo en esa llaga de la condición humana-, que la dicha no le ha sido prometida a la virtud. Sabiduría y virtud -o salud mental si se atiene el análisis a términos comportamentales- no es lo mismo que felicidad o dicha; pero sí que es capacidad de «cura sui», de cuidado de sí mismo, de autoprocura de felicidad en la medida -a veces mínima- en que eso se halla en pro-pias manos. Es, a la postre, «saber vivir» o, si se prefiere «amar la vida», pero amarla eficazmente, es decir, ponerla y guardarla a salvo. Conviene reservar el término de trastorno psicopatológico para el caso y el momento en que la persona no llega a velar por ella misma, a afrontar con mínima eficacia las circunstancias adversas, al menos aquellas dificultades del vivir que forman parte del programa biológico y social de la existencia humana. Otra cosa es la tragedia. La gravedad trágica de la adversidad puede llegar a trastornar, pero también sencillamente a hacer del todo imposible cualquier forma de afrontamiento logrado o eficaz. Bajo circunstancias negativas extremas es difícil mantener no ya el tipo, sino el sano juicio. Buena salud psicológica han mostrado quienes han salido enteros de la tortura, del secuestro, del campo de concentración o del de refugiados, máquinas y espacios psicopatógenos como ningún otro. Las categorías de salud / trastorno mental, sin embargo, tienen su foco central de pertinencia no en los extremos paroxísticos, sino en las zonas templadas medias de la condición humana: en el modo de habérselas con las adversidades y dificultades ordinarias de la vida, en la forma de cuidar de sí en medio de ellas y de procurarse incluso entonces una experiencia vital positiva, de calidad.



Psicoterapia y autorregulación

 Autocuidado no es autocontrol en el sentido vulgar, más bien peyorativo, de bloqueo o inhibición, ni es obsesión o preocupación por uno mismo, ni tampoco pertinaz introspección que retorna a la interioridad como a núcleo o fuente de vida auténtica o como a presunto paraíso perdido y recuperable en orden a una liberación por el «espíritu». El exceso de autoanálisis, de autoatención, suele ser insano casi siempre. La capacidad de autocuidarse, aquí equiparada a la personalidad saludable, comporta en cambio, esto sí, ejercicio de un comportamiento de control por uno mismo o -por mejor deciruna actividad de autorregulación. Los primeros análisis del sistema comportamental de autorreferencia y autorregulación datan de los años 70. En esos años surgen propuestas prácticas de introducción de técnicas de autocontrol en el tratamiento y modificación de conducta (33-34). La consagración analítico-teórica de las propuestas clínicas desde entonces en auge se debe, sobre todo, a Bandura (35-36) con un doble postulado: el de un determinismo recíproco entre situación, conducta y persona, a cuyo sistema de «sí mismo» reconoce así una función; y el del principio de autoeficacia como mecanis mo mediador del resultado positivo que diferentes técnicas conductuales y de psicoterapia llegan a procurar. Desde entonces, la investigación y análisis de la autorregulación ha puesto de relieve el carácter deseable y benéfico de situaciones y acciones en las que el sujeto «controla» o al menos «maneja» algunas de sus contingencias y, por tanto, es «dueño» en algo de la propia vida. Es un control que implica tomar decisiones sobre uno mismo, autodeterminarse, 10 que a su vez constituye una de las manifestaciones de la libertad, empírica y no metafísicamente entendida. En ese marco de investigación y teoría básica adquieren pleno sentido las prácticas de autocuidado, los comportamientos de autogestión de la propia experiencia a largo plazo. Estos constituyen un factor esencial en todo el ancho ámbito de 10 que han sido o son la medicina psicosomática, la medicina comporta-mental y también, más reciente, la psicología de la salud. Esos comportamientos desempeñan funciones sustanciales en la conservación y recuperación de la salud tanto fí- sica como psíquica o comportamental, en la perseverancia dentro de unos hábitos saludables de vida, en la adherencia al tratamiento, de cualquier naturaleza que éste sea, y en el haz de medidas terapéuticas o de modificación de conducta que comportan muchas estrategias de intervención (37).




La sabiduría de vivir

 Hay quien hace frente a los últimos años de la vida con un sereno «confieso que he vivido», con un reconocimiento y declaración de vida jubilosa, a 10 Pablo Neruda. Otros en cambio admiten, con la tristeza de 10 ya irreparable, no haber sabido vivir. Hacia el final de su vida confesó y lamentó Borges haber cometido el «pecado de no haber sido feliz». Al hacer melancólico balance en clave de «pecado», estaba dando a entender que pudo haber sido de otro modo; que en su mano estuvo haber obrado de forma diferente.